EL LLANO, UNA EXPERIENCIA VITAL

Mar
2014

10

Corría el año 2011 cuando recibí  de parte de mi buen amigo Nelsón Barragan el encargo de prologar el libro que estaba a punto de publicar, el cual bautizó con un sugestivo nombre: MI LLANO EN CUADROS Y CANCIONES; se trata de una valiosa recopilación de las creaciones de este multifacético artista de las lejanas llanuras del Casanare que espero compartir más adelante en este mismo espacio. He aquí el escrito con el que cumplí gustoso esa maravillosa tarea.

 

Pertenecí  hasta hace menos de una década, al grupo mayoritario de colombianos que no conocen el Llano. Oriundo de la zona andina del país, de Popayán concretamente, mi primera conexión con estos parajes que se nos antojaban entonces lejanos y misteriosos fue la lectura obligada en el colegio de La Vorágine, que por obligada no era disfrutada  y la letra de una canción llamada Casanare que nos sabemos todos los patojos, escrita por Carlitos Nates, músico, poeta y loco como todos los de allá, bellamente descriptiva y de musicalización impecable, aunque se rumoraba en la ciudad que él nunca había estado ni de cerca por esos lados del país lo cual, si es cierto, hace aun más meritoria su composición. Al igual que en la obra magna de José Eustasio, hay en su letra evocaciones con nombres sonoros y rimbombantes cuyo significado ignorábamos entonces pero ya alcanzábamos a intuir.

 

En la década de los noventa visité muchas veces el Meta, su capital y su vasta zona de influencia. Conocí las llanuras aledañas a Puerto López a las que resultaba muy fácil acceder gracias a la nutrida red vial que, de tiempo atrás, las atraviesa de lado a lado; comí mamona en Cumaral, tome cerveza en San Martín y aguardiente en Villavicencio. Pero eran estas, todas, zonas donde resultaba evidente la intervención del hombre y sus rastros de “progreso” eran visibles a diestra y siniestra. 

 

Al Llano Llano, ese que quedaba lejos del mundanal ruido, no llegue hasta el 2004, cuando aterricé en el Hato Palmarito invitado por su propietario, “el blanco” Jorge Londoño. Qué lejos estaba de imaginar las abrumantes dimensiones que llegaría a adquirir ese amor a primera vista que sentí que nacía en lo más recóndito de mi alma en ese momento crucial de mi vida, por ese pedazo de patria que no entendía porque me había tardado tanto en conocer.

 

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Palmarito está ubicado a la orilla de un río de origen y curso prácticamente desconocidos: el Cravo Sur. De aguas límpidas y hasta ahora poco contaminadas es importante tener en cuenta su apellido para distinguirlo de su hermano de Arauca: el Cravo Norte. Río montañero, nace en ese páramo untado de historia colombiana que es el de Pisba; baja hacia el plan con la austera sobriedad propia de los ríos de clima frío y pasa  casi que inadvertido por un lado de Yopal para adentrarse orondo por el infinito espacio de la llanura casanareña. Es casi al final de su jornada, pocos kilómetros antes de su desembocadura al Gran Meta, cuando pasa frente a Palmarito, enriqueciendo tan generosamente su paisaje que llega a tornarse en parte imprescindible de él. 

 

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A lo largo de su vida, los seres humanos enfrentamos en algún momento de nuestra existencia lo que he dado en llamar: Momentos Estelares. Son esos pedazos de tiempo que en  nuestro transitar por el planeta, nos marcan en el alma de manera indeleble: el ejercicio del primer amor, el nacimiento del hijo, la muerte de la madre… en fin, la memoria de la vida. Pues bien… ese día en Palmarito, mi primer contacto con los Llanos Orientales de Colombia, fue definitivamente un Momento Estelar. Me parecía tan grande, tan imponente, tan limpio, tan frágil, sobretodo tan frágil, que sentí la necesidad ineludible de cuidarlo, de buscar conservarlo, de luchar por él.

 

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Inicié entonces una serie de recorridos por esta vasta geografía que me llevaron al interior del Casanare y del Vichada y me permitieron conocer las características físicas y biológicas que hacen de estos ecosistemas algo único e invaluable. Entendí por ejemplo que cuando se mencionan las llanuras inundables, se hace referencia a un fenómeno climático realmente fantástico que a lo largo de los milenios ha generado una biota cuyos efectos al medio ambiente aun no comprendemos en su totalidad. La magnitud de las inundaciones que prevalecen a lo largo de ocho meses al año, es un espectáculo digno de admirarse pues solo así se puede entender cómo es que la flora y la fauna se han adaptado a tan duras condiciones que contrastan con los cuatro meses de sequia, el otro extremo de la balanza.

 

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Fue en alguna de esas andanzas cuando supe que en un rincón del municipio de Paz de Ariporo, existe un hato famoso llamado La Aurora y que era la más preciada propiedad de los Barragán, una de las últimas familias auténticamente llaneras que quedan, cuyos miembros, todos ellos, en una decisión que los enaltece, asumieron hace casi treinta años la misión de proteger este sitio mágico y convertirlo en santuario inviolable en el que la naturaleza brinda su exuberante realidad, libre y sin los apremios y daños que el avance del modernismo están trayendo cada día con más fuerza y descontrol.

 

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Aun tengo vivas en mi memoria las bellas estampas que se ofrecían a mis ojos estupefactos durante el recorrido para llegar a la casa de la hacienda. Me impresionó profundamente que gracias al manejo que dan al agua, que acumulan para la época de sequía en enormes reservorios o jagüeyes, se han generado unos espacios de vida que son verdaderos oasis en los que conviven la más variada cantidad de animales que hubiese visto alguna vez en mi vida.

 

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A raíz de estas primeras visitas a La Aurora, germinó una de esas  amistades que te llegan sin esperarlas y se van metiendo despacito al corazón para quedarse por siempre. Me refiero a Nelson, el artista del  multifacético clan de los Barragán, maestro del arpa y del cuatro, juglar de los cantares de esta tierra bravía, auténtico intérprete del sentir llanero. En largas e inolvidables veladas de música baile y poesía en su hotel bellamente bautizado como Juan Solito  y en Palmarito, vislumbré en el un profundo sentimiento  de adoración por esos parajes que lo vieron crecer.

 

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Es esa pasión por lo suyo la guía  de su pluma y su pincel que magistralmente plasman en este libro de soberbia factura la huella de su pasado y su presente indisolublemente ligados a su llano amado. Quien lea sus poemas deberá imaginarse cómo se escuchan cuando los canta; quien mire sus cuadros percibirá la fuerza de la inspiración que lo condujo cuando los pintó e inevitablemente viajará con él al sitio y el momento de su creación. Hay en ellos, cuadros y poemas, un dejo melancólico que el autor imprime casi que como un lamento por lo que hoy es y mañana no será.

 

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Nelson Barragán debe sentirse orgulloso pues ha logrado con su obra trasmitir a los afortunados lectores la razón de ser de su experiencia vital: la esencia íntima y profunda de los Llanos Orientales de Colombia, su hogar. Por él y por su maravillosa gesta poética… Salud!!!

 

Alejandro Olaya V.

 

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